Hace un buen tiempo ya que nadie se ha tomado la molestia de preguntarme cómo me siento. Hasta la más fugaz de las miradas recaen en todos, menos en mí. A veces, comienza a molestarme el sentirme tan fuera de este mundo; otras, simplemente me queda aceptarlo.
Probé la más exquisita de las felicidades, aquella que puedes compartir con alguien; sin embargo, mi ya deteriorado cerebro (ése al que pocas veces me gusta elogiar) destruyó lo más bonito que había conseguido de un tiempo a esta parte. En pocas palabras, la cagué. Cagué una de las pocas "cosas"(1) que me daba tranquilidad.
Últimamente me he preguntado de qué sirven los triunfos, los logros o el dinero si no se tiene con quién compartir todo eso. Me he quedado sola, sola con mis lamentos. Confieso que lo único que quisiera en este momento es infectarme de cerveza, ron, vino o cualquier otro trago que me haga olvidar aquello que tuve y que ahora ya no está.
Reconozco que mis días son normales, que extraño las sorpresas, las alegrías infinitas. Extraño todo: a ti y a tus ojos lejanos, esos que me perdían en la más profunda estupidez. No sabes cómo me gustaba ese estado.
Me dijiste el otro día que el tiempo curaba todo; yo creo, al contrario de eso, que el tiempo te ayuda a olvidar. Me vas a olvidar, te voy a olvidar. Es triste ahora, pero supongo que --acá sí creo lo del tiempo-- ya pasará, como pasan los días ahora y logro olvidar poco a poco tu rostro, ése que con una mirada me decía más de lo que podías imaginar. Ojalá puedas perdonar.
(1) Interpreten "cosas" como situaciones.
Mis días, repito, son muy normales, demasiado diría yo...
22.10.08
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